Alternativ endin 2

Primera parte 

En vez de esperar a que el otro subiera, ella bajaría; le demostraría a Grapa que el baldío no estaba vacío.

Descendió por la cuerda, sintiendo cada vez más y más calor. Abajo, el pueblo de la hormiga la miraba expectante, en sus rostros podía leer la sorpresa. El emisario, el de las señas, se arrodilló cuando la vio bajar.

Soga le indicó que se levantara y lo saludó. El hombre respondió en un idioma extraño, que sin embargo parecía conocido, como si en algún pasado lejano sus lenguas se hubieran separado y mutado por caminos distintos. Soga comprobó con un poco de recelo que las ropas del hombre estaban desgastadas y que estaban hechas con desperdicios y huesos.

El hombre, azorado, continuaba inclinándose, como si la reverenciara. Soga, incómoda, trató de explicarle que no era ninguna diosa o proveedora del cielo, como le parecía decir el hombre, pero insistente, el sujeto apuntaba hacia el cielo, a la sombra de las islas flotantes.

Soga le siguió con la mirada y comprobó que el pueblo de la hormiga se movía rápido ahí abajo, en la lejanía. Las islas se veían enormes desde el baldío y la niebla omnipresente se agolpaba en las bases.

—¿Están recogiendo la lluvia? —preguntó al cabo, y el hombre sacudió la cabeza y asintió, sin saber que responder, le indicó que lo siguiera con una mano mientras hablaba para ella, tratando de hacerse entender.

—Agua—decía, y mostraba a algunos recogiéndola de la niebla con grandes telas —Solo la isla tiene agua. En el baldío no llueve si no es bajo la tierra del cielo.

Soga comprendía; el pueblo de la hormiga vivía bajo las islas…pero, no veía ninguna construcción o asentamiento.

—¿Por qué no plantan? —preguntó— Tienen tierra suficiente.

Al cabo de un rato, el hombre le entendió.

—Se mueve—dijo, apuntando al cielo—Fuera de la sombra, todo se quema. Tenemos que movernos.

Soga quedó confusa ¿se movía? ¿las islas flotantes no estaban siempre en su sitio?

—¿Entonces… ustedes?

El hombre la interrumpió con un grito de júbilo, apuntando el cielo. Soga miró hacia arriba y vio como algo caía hacia abajo.

—Proveedores del cielo—dijo el hombre, y corrió hacia el encuentro.

El objeto que caía se agitaba y giraba en el aire y luego de poco rato, se estrelló. El pueblo de la hormiga hizo un corro alrededor y Soga quiso ir a ver, aunque tenía un mal presentimiento. Logró hacerse pasar en medio del gentío e interrumpió lo que fuera que estuvieran haciendo.

En el centro del circulo había un cadáver.

Soga reprimió un gemido y se acercó. No la conocía, pero vestía como el pueblo de la Gavia. Un pensamiento le ensombreció la mente, al notar que era una mujer joven; eso quería decir que no había sido lanzada como un caído por la muerte: esa mujer se había tropezado y el Abismo fue su final.

Soga miró a su alrededor y el pueblo de la hormiga le devolvió la mirada. Se veían ansiosos. El hombre con el que había hablado le tomó el hombro y la alejó del corro. Soga vio con horror cómo despojaban al cadáver de sus ropas y lo desmembraban.

—¿Qué están…?

Los trozos de carne pasaron por varias manos y se terminaron ocultando en sacos y bolsillos. Por aquí y por allá se llenaban cuencos con la sangre, Soga supo entonces la manera en la que vivía esa gente: recogiendo los desperdicios que eran lanzados desde las islas. Eso explicaba por qué el hombre se había referido a ella como proveedora del cielo. Quiso vomitar, pero un nuevo grito la sacó de sus pensamientos.

Otros objetos caían desde el cielo.

Nuevos cuerpos. Algunos aún se agitaban y gritaban.

Mientras Soga miraba con horror como se estrellaban y despedazaban en el suelo, el pueblo de la hormiga gritaba más y más, emocionados.

—¡Lluvia de carne! —decían —¡Bendición del cielo!

Soga se quedó inmóvil, viendo la lluvia de carne; un grito, el sonido de la tela al ser azotada por el viento y un golpe seco. Repetido incontables veces.

Un nuevo cuerpo cayó a su lado y el mal presentimiento terminó de cuajar en su cabeza. Llevaba las ropas del pueblo de la Gavia, y sí la conocía.

Soga se arrodilló, asqueada al tiempo que quería abrazar el amasijo de carne y arena que era ahora su amiga.

—Grapa—murmuró, tratando de limpiarle la tierra de la cara, sin conseguirlo.

Del pecho de Grapa asomaban plumas que no pertenecían a la Gavia; flechas de otro pueblo, plumas grises y moteadas. Plumas de Halcón.

Levantó la vista y vio el montón de flechas ensartadas en el montón de cadáveres de su pueblo. Los muertos no dejaban de caer y al poco rato Soga supo que no quedaría ninguno allá arriba; ella era la última de su estirpe.

Mientras tanto, el pueblo de la hormiga recibía la carne como una bendición.

Quiso huir, pero cuando llegó al montículo al que había bajado, la cuerda estaba lejos, inaccesible.

Y las islas seguían moviéndose, alejando su sombra cada vez más.

A su pesar, sintió el primer retorcijón del hambre.

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